Por Jorge Lendeborg
Las encuestas digitales han cambiado la manera en que medimos la opinión pública. Son rápidas, accesibles y, en muchos casos, pueden reflejar mejor la realidad que los métodos tradicionales.
Sin embargo, su precisión depende de que no existan sesgos naturales en la selección de la muestra. De lo contrario, pueden sobrestimar a los candidatos con mayor presencia en redes sociales y subestimar a aquellos cuyo electorado es menos activo digitalmente.
Las plataformas como Facebook e Instagram funcionan con algoritmos que priorizan el contenido según la interacción de cada usuario. Esto significa que las publicaciones y los anuncios pagados reciben más visibilidad.
En el contexto político, los candidatos con mayores inversiones en publicidad digital pueden aparecer con más frecuencia en los feeds de los votantes, lo que naturalmente inclina la percepción pública a su favor.
Un ejemplo claro es David Collado. Su estrategia en redes sociales es agresiva, con una inversión importante en anuncios segmentados.
Como resultado, su imagen está constantemente en los feeds de los usuarios, lo que genera un efecto psicológico llamado Mere Exposure (efecto de exposición repetida): las personas tienden a preferir lo que ven con más frecuencia.
Por otro lado, candidatos como Leonel Fernández o Francisco Javier García, que dependen más de estructuras partidarias tradicionales y tienen menos inversión en redes, pueden quedar en desventaja en este tipo de encuestas, incluso si cuentan con un respaldo significativo fuera del mundo digital.
Si una persona sigue páginas del PRM o consume contenido relacionado con David Collado, el algoritmo de Meta lo notará y reforzará ese sesgo.
Es decir, le seguirá mostrando encuestas y contenido afín a ese candidato, amplificando su visibilidad y creando la percepción de que su popularidad es aún mayor.
Este mismo fenómeno se observa con Yayo Lovatón.
Su presencia en redes sociales ha crecido gracias a la promoción de su podcast con figuras influyentes, lo que también genera el efecto Mere Exposure. Su nivel de simpatía en redes puede parecer mayor de lo que realmente es, simplemente porque las personas lo ven con más frecuencia.
Otro punto importante es la edad de los usuarios en cada plataforma:
Instagram es dominado por jóvenes de entre 18 y 34 años.
Twitter (X), que nos parte del grupo META, y no es considerado en estos tipos de encuestas, es más popular entre adultos de 30 a 50 años, además de ser un espacio clave para políticos y periodistas.
Esto significa que si un candidato es más popular entre los jóvenes, como David Collado, y la encuesta se realiza en Instagram, su apoyo parecerá mayor de lo que realmente es. En cambio, un candidato como Leonel Fernández, cuyo electorado es mayor de 40 años, podría verse infravalorado si la encuesta se basa solo en plataformas donde su audiencia no es tan activa.
También influye el perfil de las personas encuestadas. Por ejemplo, Carolina Mejía tiene un fuerte respaldo entre las mujeres. Si una encuesta tiene una mayor representación masculina, sus cifras podrían verse reducidas artificialmente, generando una percepción errónea sobre su verdadero nivel de apoyo.
Las encuestas digitales son una herramienta valiosa para medir la opinión pública. Son rápidas, accesibles y capturan tendencias de manera eficiente.
Sin embargo, es importante analizarlas con cautela y entender que pueden estar influenciadas por el algoritmo, la inversión publicitaria y la composición demográfica de los encuestados.
Defiendo firmemente el valor de las encuestas digitales, pero no podemos tomarlas como verdades absolutas sin analizar sus posibles sesgos. Una medición sin el debido control puede ofrecer resultados distorsionados que no reflejan la realidad del electorado.
Para que sean realmente representativas, es fundamental ponderar bien los factores que pueden influir en ellas.



