Por Julissa Martínez
Desde hace mucho tiempo, los escritores de novelas y obras románticas han creado la narrativa que alimenta la idea de que los protagonistas siempre tienen lo que querían en el principio de la historia, bajo el idealismo de un «final feliz». Pero, ¿Quién ha decidido que eso es lo correcto? ¿Quién les dijo que todo debe acabar de manera perfecta?
A lo largo de la historia, son pocas las obras que se atreven a reflejar el realismo de las cosas, ya que la mayoría se van por un manejo del idealismo, en donde todo encaja como si el tiempo no pasara, las decisiones y las perspectivas de los demás no cambiaran. Que a lo largo de los años han alimentado la visión idealista de las personas, describiendo solo lo que percibe como «bueno» es válido, y lo que no encaja con esa decisión como «malo» es rechazado.
Como seres humanos, hemos caído en el idealismo de que todo tiene que ser perfecto, llevándonos a vivir atrapados en la creencia de que, si algo no sale como lo esperábamos, es porque está «mal«. Pero, ¿Quién ha dicho que una situación difícil es «mala»? ¿Quién ha validado la idea de que todos los protagonistas deben terminar bien, o que sus finales tienen que ser lo que el mundo ha etiquetado como «final feliz«?
Mayormente, las telenovelas que nos relatan esos dramas de romance de las historias que consumimos con esos finales que calificamos como «finales felices», nos llevan a la idealización a nosotros mismos como los protagonistas que, al final, también lograrán lo que se idealiza en ese momento.
Sin embargo, esta idealización deja de un lado lo que verdaderamente importa: el crecimiento que está en el camino, en ese proceso que pasas, en el cual cambias la idealización de lo que un principio estabas calificando como lo bueno que querías que te pasara, solo apreciando la sugestión del supuesto final feliz.
El proceso que se atraviesa no es simplemente una etapa. Es lo que define quién serás en el futuro. Pero, si pasas todo el tiempo esperando ese futuro idealizado, te pierdes de lo más importante: el presente. No todas las historias deben terminar como imaginamos. A veces, los protagonistas no alcanzan lo que querían, y eso está bien. Lo importante es seguir caminando hacia el futuro, sin perder de vista lo que tenemos aquí y ahora.



